Vacuna contra el herpes zóster puede reducir el riesgo de demencia hasta un 20%, muestra estudio con 280 mil personas [1]
Un diseño estadístico improbable — creado sin intención, a partir de una regla administrativa del Reino Unido — acaba de ofrecer una de las evidencias más sólidas hasta la fecha sobre el vínculo entre infecciones virales y declive cognitivo.
Un estudio publicado en Nature analizó la implementación de la vacuna contra el herpes zóster en Gales y encontró un resultado que llamó la atención de la comunidad científica: quienes recibieron la inmunización tuvieron aproximadamente un 20% menos de riesgo de desarrollar demencia a lo largo de siete años.
El hallazgo surgió porque el sistema británico definió que solo las personas nacidas a partir del 2 de septiembre de 1933 tendrían derecho a la vacuna, creando una división casi aleatoria. Esto permitió comparar individuos prácticamente idénticos —con una diferencia de apenas una semana de nacimiento— en relación con un factor clave: la probabilidad de haber sido vacunado.
Después de ajustar análisis y repetir modelos, los autores observaron que la protección contra la demencia no se explicaba por un mayor acceso al sistema de salud, por diferencias socioeconómicas o por otros comportamientos de prevención.
El efecto se mantuvo incluso cuando los investigadores ampliaron o redujeron las ventanas de análisis, y no apareció para otras enfermedades crónicas, reforzando la consistencia estadística del resultado.

¿Qué puede explicar esta protección?
La infectóloga Maria Isabel de Moraes Pinto, del Hospital Lavoisier, evalúa que el trabajo se apoya en tres mecanismos posibles —todos plausibles y compatibles con lo que la literatura ya describe.
El primero implica reducir las reactivaciones clínicas y subclínicas del virus de la varicela-zóster, que permanece latente en el organismo durante décadas. Incluso cuando no causan síntomas, estas reactivaciones silenciosas pueden desencadenar respuestas inflamatorias repetidas, y esa inflamación crónica es vista como uno de los motores de la neurodegeneración. Para ella, este es el mecanismo más coherente con las evidencias actuales.
Otro camino posible es un efecto inmunomodulador inespecífico —una especie de "entrenamiento" del sistema inmune provocado por vacunas de virus atenuado, como la utilizada en el estudio.
La investigadora recuerda que este tipo de respuesta ya se observó en otras inmunizaciones y puede influir en vías biológicas que van más allá de la protección contra el patógeno original.
El estudio también sugirió que quienes trataron el herpes zóster con antivirales tuvieron un menor riesgo de demencia que quienes no lo hicieron, reforzando la hipótesis de que controlar la replicación viral —por cualquier vía— reduce daños acumulativos.

Virus, inflamación y proteínas tóxicas
Para el neurocirujano Mateus Tomaz, los resultados dialogan con lo que la neurología ya sabe sobre cómo se desarrolla la demencia. Hoy se entiende que el proceso involucra tres pilares: inflamación crónica en el cerebro, lesiones en los vasos sanguíneos y acumulación de proteínas anormales, como amiloide y tau.
En este contexto, virus neurotrópicos como el de la varicela-zóster pueden funcionar como un disparador repetido. En cada reactivación —incluso las silenciosas— el virus activa la microglía (las células de defensa del cerebro), irrita los vasos sanguíneos y estimula mecanismos que favorecen la deposición de estas proteínas tóxicas.
Es decir: alimenta exactamente los engranajes que aceleran la neurodegeneración.
La interpretación es compartida por el neurocirujano Helder Picarelli, del Hospital das Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (HCFMUSP). Para él, cada reactivación viral funciona como un "gatilho inflamatorio", intensificando el estrés cerebral y favoreciendo la acumulación de proteínas tóxicas —un escenario compatible con la fisiopatología de la demencia.
Los dos especialistas coinciden en que el resultado no prueba causalidad definitiva, pero se ajusta a un cuerpo creciente de investigaciones que estudian la participación de los virus en la aceleración del Alzheimer y otras demencias.

La protección aparece después de un año — y eso tiene sentido
El efecto de la vacuna solo comenzó a aparecer después de más de un año, lo cual, según Tomaz, es coherente con la biología de las enfermedades neurodegenerativas, que se construyen a lo largo de décadas. Un impacto inmediato sería improbable.
Picarelli agrega que, aunque el sesgo de detección siempre es una preocupación —dado que las personas vacunadas podrían buscar más atención médica—, el estudio realizó análisis que desarman esta explicación simple, como comparar diferentes frecuencias de uso del sistema de salud.
Uno de los patrones más llamativos fue la diferencia por sexo: las mujeres se beneficiaron más de la vacunación.
La interpretación más probable, señalan los especialistas, está en la propia biología: las mujeres tienen respuestas inmunológicas más intensas, mayor prevalencia de demencia en edades avanzadas y una trayectoria distinta de neuroinflamación, lo que ampliaría tanto el riesgo de daño como la oportunidad de protección.
¿Y esto cambia algo en la recomendación actual?
Todavía no.
Los tres especialistas son unánimes al afirmar que el estudio es altamente robusto desde el punto de vista estadístico, pero no reemplaza ensayos clínicos aleatorizados.
Además, el Reino Unido utilizó la vacuna viva atenuada (Zostavax), mientras que Brasil emplea mayoritariamente la vacuna recombinante (Shingrix), que tiene mecanismos inmunológicos diferentes y no puede ser extrapolada automáticamente para el mismo efecto.
Para Picarelli, cualquier cambio en las directrices aún está lejano. Al mismo tiempo, resalta que la vacuna ya debería ser más ampliamente utilizada por sus beneficios bien establecidos —prevención del herpes zóster, neuralgia postherpética y complicaciones graves en adultos mayores.
¿Y en el futuro? ¿Podría convertirse en una estrategia de prevención de la demencia?
Si los resultados se replican en diferentes países, poblaciones y tipos de vacuna, los expertos consideran posible que la inmunización contra el herpes zóster se incorpore al paquete de medidas poblacionales de prevención de la demencia —junto al control de factores vasculares, sueño, audición y estímulo cognitivo.
Tomaz evalúa que una intervención simple, segura y de bajo costo, con un efecto preventivo poblacional, tendría un impacto significativo.
Picarelli va más allá: de confirmarse, sería uno de los efectos preventivos más potentes jamás observados en una intervención no farmacológica.






